Es honra para el hombre eludir las contiendas

George Lawson

Es honra para el hombre eludir las contiendas, pero cualquier necio se enredará en ellas (Proverbios 20:3).

 

Es honra para el hombre abandonar las contiendas antes de enredarse en ellas y pasar por alto las cosas que pueden despertar su furia (cf. Pr. 17:14; 19:11). Pero cuando el hombre se enzarza en las contiendas, ¿le es honroso abandonarlas? Si no decimos la última palabra, ¿no dirá el mundo que nuestra causa era mala, que nuestros argumentos no se sostenían o que somos de espíritu apocado?

No importa lo que diga el mundo, si el Espíritu de Dios dice lo contrario. En este proverbio se declara honorable para el hombre abandonar cualquier debate en bien de la paz y la tranquilidad. De ese modo daremos testimonio de nuestra humildad y mansedumbre, de nuestra obediencia a Dios y de nuestra aversión hacia el pecado. Cristo no contendió, ni gritó, ni hubo quien en las calles oyera su voz (cf. Mt. 12:19) y, sin duda, la honra del hombre está en imitar, dentro de los límites de nuestra debilidad, “la mansedumbre y la benignidad de Cristo” (2 Co. 10:1). Pablo fue sabio al reconocer su error de haber hablado de forma poco respetuosa acerca del sumo sacerdote, aunque ese juez injusto bien merecía la reprensión más dura por su parcialidad y su tiranía; y los amigos de Job habrían sido sabios si hubieran cedido a la fuerza de sus convincentes argumentos, en vez de exponerse al desagrado de Dios y a la justa mortificación de verse obligados a recurrir a la intercesión de aquel hombre bueno a quien habían herido tan profundamente; todo por tratar de defender sus errores.

Pero todo necio se enreda en las contiendas; porque el necio es tan vanidoso que no puede tolerar que se le contradiga lo más mínimo; tan impertinente que siempre se entromete en los asuntos de todos los demás hombres; tan orgulloso que no puede soportar que los demás descubran que está equivocado; y tan testarudo que siempre quiere tener la última palabra aunque sus labios le lleven a la destrucción. Amasías recibió claras advertencias acerca del peligro de contender contra el Rey de Israel, pero no quiso atender a razones ni eludir las contiendas hasta que él y su reino se encontraron al borde de la ruina. Sedequías, hijo de Quenaana, suscitó la contienda con el buen profeta Micaías y tuvo la insolencia de golpear a aquel siervo fiel del Señor, pero pronto se vio obligado a huir a un aposento interior para esconderse (cf. 1 R. 22:24-25).

Esta es una de las diferencias que hay entre los sabios y los necios: los primeros aman la Paz, los últimos suelen estar ansiosos por entrar en batalla (cf. Sal. 120:7). Un ejemplo de ello son los distintos comportamientos de Nabal y David; Nabal tenía muy mala lengua, “porque se [llamaba] Nabal, y la insensatez [estaba] con él” (1 S. 25:25). Respondió de forma muy provocadora al mensaje tan amable de David, y con ello se expuso a sí mismo y a su familia a la ruina; David tenía la misma naturaleza humana y sus pasiones eran excesivamente fieras, pero su honra estaba en que se calmaba con facilidad y, aunque no dejó la riña (cf. Pr. 17:14), como podía haber hecho antes de que comenzara, sí que la abandonó antes de que llegara a extremos fatales.

Extracto de “Comentario a Proverbios” por George Lawson. Reservados todos los derechos.

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